miércoles, 30 de marzo de 2011

HOY

En días como hoy (ya tú sabes) se me escurren las palabras y se cuelan por debajo de la puerta las malas ideas y las buenas (esas de antes) se confunden ingeniosamente con cada pulso que me echas. Y yo, que unas veces gano y otras (las más) salgo pitando a que me reconstruyan, termino haciéndole caso a las dos flores que cuelgan de mi puerta (raro en las flores) y compro billete de ida (que absurdez)
En días como hoy (más largos) solo deseo que llegue la noche y que se deje de oir eso que nadie quiere oir para que el tiempo (al detenerlo) me deje saber qué carajo es esto.
No entendiendo lo que escribo (ni lo que siento) me someto al centrifugado de mi lavadora y dando vueltas me dejo llevar hasta el otro lado del salón. Anda, desde aquí, las flores hablan en un lenguaje que no entiendo.
Para que lo entiendas, soy muy obediente.

martes, 15 de marzo de 2011

SIN ADITIVOS

Pues ocurren estas cosas, inesperadas, dolorosas, y uno cambia y se moldea como las rocas de un acantilado de esos que tanto me gusta recorrer sintiendo el salitre, oliendo a mar. Y suceden para que nos ratifiquemos, para que aprendamos a desprendernos de tanto que no nos sirve, para acercarnos a la verdad de la impermanencia que tan mal nos han enseñado a conocer, tan mal nos han enseñado a asumir cuando es imperdonable. Y suceden y el silencio y el miedo te envuelven y es entonces cuando debes saber buscarte y dejarte moldear por ese artista desconocido que no eres más que tú mismo. Y das un paso más y aprendes mil menos y abres la mano a lo que te llega y la cierras al apego absurdo de todo lo que te rodea. Por eso me gustan las mudanzas: siempre te dejan desprenderte, dolorosamente, de todo lo que debe impermanecer en tu vida para que te acerques sin saberlo (porque es así como se consigue) a ser feliz. Existe. Y entonces es cuando metes en una caja todo lo necesario para salir, si es que te toca salir o simplemente te apetece. Y aprendes a reducir esa caja hasta que entra un alfiler, hasta que dos te hagan elegir cuál llevarte. Por eso me gusta que mi maleta pese menos de ocho kilos y te quedes con la boca abierta al levantarla del mostrador de facturación. Ja. Y es cuando ocurren estas cosas, inesperadas, dolorosas e imperdonablemente impermanentes, cuando aprendes a distinguir quién es cada cual y hasta donde están o no contaminados los que nos rodean. Así es la impermanencia de la vida y la permanencia del espíritu del que desea conocerse y no se olvida: sin aditivos

                                                                              E.P