martes, 9 de marzo de 2010

P

Y perdidos los billetes de ida y vuelta, el pasaporte al mal humor y las desgracias abocadas a las vidas de otros necios, se llega a P y se vuelve uno loco intentando entrar y más loco aun siendo incapaz de salir. Y es que P tiene dos caras locas, dos caraduras y dos o más misterios por resolver. Y está plagada de piratas y conjuros, cargada de absurdos malentendidos y vacía de rencor. Y el inepto viajero que llega con sueños a medida se da de bruces contra el cristal que rodea el centro histórico de P y al que sólo se accede a través de la sinceridad. Y los rayos que no cesan de golpear sus cabañas de adobe se van a atormentar a otras islas; y es que no lo dije, pero P está ubicada en el centro del archipiélago de los que no cuentan hasta más de tres para hacer algo. Y son las prisas de P las que avanzan calle arriba y ruedan callejón abajo y se prolongan en el tiempo y se arraigan en el síndrome de los que en P habitan: olvidar en menos de un día lo que estaba esrito y escribir lo que no sucederá en más de una pared. Y un equipo de hombres de blanco franquean al acecho las pupilas del viajero y los flancos de las naves olvidadas.
Valiente, ánimo al llegar a P que hace falta poquito para quedarse.

60.

espiráculo

1. m. Zool. Orificio respiratorio externo de muchos artrópodos terrestres y algunos vertebrados acuáticos.

Quién le iba a decir a Gepeto que serviría de alimento a aquella ballena. Y es que las ballenas no entienden de bienes y males. Las ballenas no saben de carpinteros que crean muñecos de madera y dan vida a los sueños. Las ballenas son amigas de los piratas que surcan los mares en barcos de acero inoxidable. Menos mal que Pinocho es italiano y flota en el agua, que el agua flota con Pinocho y que las ballenas dejan salir por su espiráculo los sueños de los que no quieren ser marionetas de cartón.

sábado, 6 de marzo de 2010

59.

zalbo, ba.(De haz, cara, y albo, blanco).

1. adj. coloq. rur. Vall. Dicho de una oveja: Que tiene toda la cara blanca.

La oveja merina dejó de ser la mayor y pasó a perderse entre el rebaño zalbo al caer un cuento entre sus patas. Las ovejas negras son malinterpretadas y poco comprendidas entre los rebaños lanosos.

jueves, 4 de marzo de 2010

VIVIR PARA CONTARLA

Aquí os dejo la experiencia que a la prieto grande, por desgracia, le ha tocado vivir. Me quedo con algunas reflexiones que mi hermana hace desde esta terrible situación que una vez más se ha dado al otro lado y que tiene que afectarnos a todos como les ha afectado a los que dejan toda una vida entre pedazos de lo material.

Espero que os haga llegar hasta ese lado:

"Quiero decir antes que nada que estamos todos bien. Tanto yo como las casi 70 personas, todas ellas ponentes y organizadores de CILELIJ, autores, ilustradores, catedráticos y expertos en literatura infantil y juvenil, chilenos, argentinos, brasileños, mexicanos, peruanos, guatemaltecos, venezolanos, ecuatorianos, colombianos, costarricenses, puertorriqueños, dominicanos y españoles, que nos alojamos en el Hotel Plaza San Francisco, en pleno de centro de Santiago de Chile.


Nos tocó el pinche terremoto, no más.

A las 3.40 aproximadamente de la madrugada del sábado 27 de febrero, todo empezó a moverse. Estaba dormida, como un tronco, pues me había acostado tarde, llevábamos cuatro días en Chile, tres de intensas jornadas de trabajo, y el cansancio ya se hacía notar. Al principio, aún acostada, no sabía muy bien qué ocurría. Mi mente saltó como un rayo y una voz en mi interior dijo algo así como “Carajo, no puede ser”,
pero mi cuerpo fue arrastrado detrás de la voz, fuera de la cama, encendí la luz al tiempo que me levantaba y me di cuenta de que sí, realmente estaba ocurriendo. Todo se movía a mi alrededor y mi corazón empezó a latir a mil por hora al tiempo que mis piernas, que no mi cabeza, me llevaban directa, descalza, desprotegida, al peor sitio al que podía dirigirme: la terraza de mi habitación del hotel, la 506.


Abrí la puerta, una enorme cristalera que podía haber cedido y haberme caído encima con consecuencias desastrosas, en mitad del temblor, enorme, descomunal, terrorífico, que no paraba, a pesar de que ya me había dado tiempo a llevar a cabo todo este recorrido.

Una vez fuera, miré a mi alrededor entre aterrorizada e incrédula. No, a mí no. Ahora no. Esto no puede estar pasando… pero sí, allá afuera todo temblaba también, se escuchaba un ruido estremecedor, no muy fuerte, pero aterrador. De objetos moviéndose, del edificio moviéndose, del mundo moviéndose como si todo fuera a derrumbarse a mi alrededor. Fueron unos segundos, pero pude sentir todo el poder destructor de la tierra, con un sentimiento de impotencia infinita y casi un adiós en la mente.

No sé si recé, supliqué, o simplemente me quedé paralizada, pero pedí de algún modo que aquello terminara, YA, como fuera… y ocurrió. De repente, el silencio, solo oía el jadeo seco de mi garganta y el latido atronador de mi corazón. Algunas columnas de humo se percibían en el horizonte, fruto del estallido de algunas de las farolas de la calle. Me di la vuelta y entré de nuevo en la habitación, vi el mueble bar abierto con algunas botellas esparcidas por el suelo… y nada más. Por suerte mi habitación no había sufrido más destrozos, al menos visibles, pues más tarde pude comprobar como todas las losas de la pared del baño se habían derrumbado sobre la bañera.

En ese momento me asomé al pasillo y grite algo así como “Hola, hay alguien? Qué ha pasado?” aún incrédula de la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Entonces escuché cómo la gente salía de sus habitaciones y entendí que había que salir de allí cuanto antes, pero aún así entre en la habitación, me vestí. Solo llevaba una camiseta de dormir, y mi ropa interior, así que me puse, todo lo rápido que pude, un pantalón, cogí mi bolso, mis teléfonos móviles, los dos, e incluso saqué la llave de la habitación de su ranura al lado de la puerta y cerré al salir, con total normalidad. Ya en la escalera, me di cuenta de que todos los que salían lo hacían, aunque con bastante orden y en relativa calma, con expresiones que oscilaban entre el miedo, el estupor, y la incredulidad en sus rostros.

Todos acabamos en el exterior del hotel, compartiendo lo ocurrido, durante horas, algunos simplemente en ropa interior o pijama, pues salieron corriendo escaleras abajo nada más sentir los primeros embates, descalzos, o con cualquier cosa que pudieron agarrar en plena escapada. Otros, los menos, vestidos de forma impecable, como recién salidos de la oficina a las tres de la tarde.

Aquello había terminado, y de forma satisfactoria, al menos para nosotros, ya que en seguida el personal del hotel, valiente, impecable, empezó a recorrer las habitaciones y comprobar que nadie había sufrido daños. Hubo quien siguió durmiendo después del temblor, tan felices en su ignorancia de qué era aquello que les había despertado por unos instantes. O simplemente pensando que este es un país sísmico, que estas cosas ocurren, y no hay que alarmarse, sin medir la magnitud del suceso.

Los de fuera no pudimos pegar ojo, ni entrar siquiera en el lobby del hotel, hasta que amaneció, ya que todos seguíamos teniendo en la mente la imagen de edificios derribados, personas sepultadas… horror, al fin. Incluso el repertorio de reacciones varias y extrañas, el nerviosismo y cierto desconocimiento, nos llevaron a hacer chistes sobre lo ocurrido, buscando el lado anecdótico, extravagante, que quitara peso al pánico, y nos hiciera reír y charlar y animarnos unos a otros. Se hicieron fotos, se compartieron experiencias, reacciones, impresiones, conocimientos varios y variados de qué hay que hacer y no hacer en este tipo de situaciones, llamadas a familiares, informaciones diversas de fuentes variopintas y todo tipo de especulaciones sobre lo ocurrido, el dónde, el cómo, el qué, el cuándo…

Todo lo que quedaba de ese largo sábado de febrero, caluroso aún, finales del verano chileno, fue una mezcla de caos y calma tensa, en el que afloraron los caracteres y virtudes de cada cual, en general el sentimiento de solidaridad, ayuda, y toma de posiciones ante lo ocurrido. Desde los pegados minuto a minuto a la CNN, hasta los que siguieron con su vida normal, tal y como estaba planificada, porque no debemos dejar que estas cosas nos paralicen y nos bloqueen. Pasando por un curioso elenco de actitudes tipo organizador nato, psicólogo ocasional, voluntario de ONG, aventurero de reality, periodista sagaz, valiente impasible, incluso dormilón empedernido o trabajador incansable.
Es increíble cómo en los momentos más complicados sale fuera lo mejor, y lo peor, de nosotros mismos. Nos quitamos la máscara, un poco, y nos dejamos ver más allá del “hola cómo estás” nuestro de cada día. En general, la actitud de todo el mundo, entre el shock y la alegría (por haber vivido para contarla), fue serena y contenida. Mezcladas informaciones contradictorias, dificultades para comunicar con familiares y amigos, y una angustia presente y consciente entre todos nosotros, aunque siempre disimulada: el terror a las réplicas, que como neófitos terremotísticos, no sabíamos muy bien, la mayoría, qué significaban y hasta qué punto podían llegar a reproducir la situación vivida, con iguales o peores consecuencias, ya que desconocíamos los daños reales del edifico, los estructurales, y su capacidad de reacción ante nuevas sacudidas.

Un día largísimo en el que la mayoría de nosotros no durmió ni un solo minuto hasta altas horas de la madrugada siguiente, buscando que el agotamiento nos permitiera caer rendidos y que la mente pudiera desconectar un poco de lo ocurrido.

Yo solo puedo decir que subí en dos ocasiones a mi habitación, una al amanecer, para coger algo de abrigo y mi pasaporte, por si acaso. Y la otra por la mañana, en la que intenté tener mi maleta lista con la vana esperanza de que mi vuelo, previsto para la misma tarde del sábado, me sacara de aquel lugar. Pero fui incapaz, porque las manos me temblaban y el corazón se me aceleraba de nuevo nada más entrar en la habitación, lugar de los hechos.

Enseguida decidí que ni loca dormiría esa noche “ahí arriba”, tan lejos del suelo, de la puerta de la calle, del espacio que me permitía no sentirme atrapada como en una ratonera. Así que esa noche, la primera, improvisamos un divertido campamento con colchonetas tiradas por el suelo de un salón del segundo piso del hotel, donde acabamos varias féminas, ya como amigas de toda la vida, y algunos caballeros que se unieron a lo largo de la noche, con discreción y respeto, porque producía bastante paz y relax ver que alguien podía dormir en plan comuna y más o menos plácidamente en aquellos momentos tan delirantes.

A eso de las 6 de la mañana, tras un sueño profundo y edificante, me despertó otro “temblorcito”, que casi ni identifiqué como tal, aunque luego me confirmaron que había sido bastante contundente, y ya no podía conciliar el sueño, así que pensé regresar al lobby para intentar recuperar allí el sueño y terminar de descansar. Al llegar el espectáculo me resultó bastante chocante. Por un lado, los empleados del hotel, despiertos, de pie o paseando. Algunos no habían parado de trabajar en todo el día. Por otro, los clientes del hotel, tirados por todos los sillones y rincones, con mantas y almohadas en plan refugiados en polideportivo tras sufrir enorme desgracia (entre los cuales me incluía, por supuesto).

Esta visión me hizo pensar en que somos todos, al fin y al cabo, un poco histéricos, y en lo extraño que es el mundo. Nosotros estamos bien, en un buen hotel, con todas las comodidades, al que ni tan siquiera se le fue la luz ni el agua, preocupadísimos por nuestra falta de conexión a Internet, el mal funcionamiento de nuestros celulares, y el cierre del aeropuerto que nos impide regresar a nuestros cómodos y mucho menos “movidos” hogares. Y los empleados del hotel, chilenos todos, son los que realmente están viviendo la tragedia. Su país es el atacado, el castigado, el destruido. Sus familiares y amigos los que pueden haber perecido en el sur, en Concepción y alrededores, en el epicentro de la devastación. Es difícil juzgar a los atacados por una experiencia traumática como esta (nosotros), pero es doloroso presenciar y vivir cómo aquellos otros, que también la sufrieron, no les quede otra que seguir adelante y encima preocuparse por el bienestar de un puñado de señores y señoras que no conocen de nada. C’est la vie.

Poco a poco ha ido volviendo la normalidad, entre temblor y temblor, seguimos con algunas risas, y la prioridad de organizar la salida de todos los que nos acompañan, de tantos países, y la nuestra también. Mañana, martes, parece que ya sabremos algo con mayor seguridad (hasta hoy las noticias cambiaban continuamente) porque o bien salimos del país en autobús, por Argentina, en un largo viaje cruzando la cordillera de los Andes hasta una ciudad llamad Mendoza, a casi 1.000 km de Buenos Aires, de la que saldríamos en avión a la capital, y de allí a Madrid, o bien seamos “admitidos” en un avión de la embajada española, que sale mañana a Madrid con diferentes autoridades.

Me voy a dormir porque mañana será un nuevo día largo y caluroso, y parece que bastante “movidito”.

He necesitado unos días para poder escribir esto. Estoy bien. Besos a todos
--
Ana

QUÉ ONDA

Buena onda, eso es. Últimamente me rozan vibraciones muy buenas, de esas que magnifican lo más sencillo, que dejan ver lo que está latente en la vida de todos y sólo hay que saber sacarlo a flote.

Esta mañana me desperté y el sol se colaba através de una inmensa niebla dejándome ser privilegiada espectadora del amanecer más hermoso. Así es que llegué tarde a trabajar, sin disculpa (o sí), pero merecedora de ello. Me encanta.

Son pequeñas cosas pero, el motor de las más grandes. Como aquel libro misteriosamente dedicado que te dejaron en la librería tras el recital de poesía de tu prima o esa ivitación en forma de mensaje: Compra el ABC de hoy. Mira la contraportada. La clave de esta noche esta en la última frase de la entrevista. Besos. Como aquella inesperada canción que sonó justo en el momento en el que el sol se ponía y la luna avanzaba, llena, en el cielo. Como ese avión que salía en ese momento y no en otro, cuando el resto iban llenos y la única salida era Sevilla. Como aquella tarde en la que no tenías fuego y te regalaron un mechero y una arriesgada proposición. Como aquel  collar por el que esuviste horas regateando y apareció colgado de su cuello cuando subió al coche. Como aquella vez que te subieron a lo alto de una montaña y te hicieron desenterrar algo que llevaba años escondido allí, solo para ti.

Como tantas y tantas historias que, buena onda, me rozan últimamente y es que no hay nada como ver cada mañana el amanecer para que te regale los mejores atardeceres, cada día.


miércoles, 3 de marzo de 2010

58.

perspicuo, cua.(Del lat. perspicŭus).

1. adj. Claro, transparente y terso.
2. adj. Dicho de una persona: Que se explica con claridad.
3. adj. Dicho del estilo: inteligible (‖ que puede ser entendido).

No pudo ser más perspicuo, o sí. Tan fácil como abrir la puerta a lo que estaba pasando y airear lo que nunca pasó. Temblando, aquella mañana como tantas mañanas antes de ir a trabajar o a lo que sea eso que hace cada día, descubrió que la claridad de lo que está escrito es más fuerte que cualquier palabra nocturna y baldía. Las palabras son fáciles cuando halagan, cuando enganchan, acarician o mullen. Cuando golpean, contumaces; cuando acechan al olvido y a la valentía, las palabras son silencios y cuesta tanto pronunciarlas como tanto cuesta reconocer que son de uno.
Pudo ser más hombre o más mujer, sí pero sobretodo pudo ser más perspicuo. ¿Qué se puede esperar del que tropieza dos veces en la misma piedra?, igual es piedra en el camino.

HÉROES

El tiempo, al final, nos da la razón y la sinrazón de tantas y tantas cábalas. Y el sol sale por donde tú quieras que salga. Y pasan los días, largos y cortos, pasan y se repite lo que tú deseas que se repita. Y de pronto, te descubres en esa foto, en esa historia, en aquella obra de teatro, en tal y cual película que nunca protagonizaste. Decepción. Y resulta que tengo, en el salón de casa, a Bogart y a la Bergman tirados en el suelo y sujetados, para que no salgan volando por la terraza, por uno del Gabo y otro de Hermann Hesse. Qué cosas, mire usted. Y los días, como son ahora más largos, pintan de colores la pared. Y entonces descubres que no puedes parar ese reloj si no es caminando del revés y con los ojos más pegados al suelo que tus piernas ves lo que siempre has querido ver y miles de cabezas no te lo permitían: Roma, séver led odot.  Y falta poco para que me transforme en clown y con mi nariz roja (la otra), cambien las sonrisas y los sueños. A por ello, a por Bogotá, a por todas, a por quedarmedondeestoy, a portillo y por si acaso esto no lo entiendes te lo dejo escrito en tu buzón.Y puedes querer ser un héroe o ser un humano como todos pero por dios, quítate esa careta.

martes, 2 de marzo de 2010

COLETA POETA

Recuerdo, como si fuera ayer, este libro de Gloria Fuertes que leía incesantemente, de noche y de día, durante mis añitos llenos de inocencia; en la cocina, en el salón, en mi habitación, en la terraza de aquella casa. Recuerdo sus dibujos en blanco y negro, su portada forrada con papel celofán, cada una de sus palabras perfectamente ordenadas dando saltos de un extremo a otro de las hojas. A veces pienso en cuánto influyen los primeros libros. Y si somos lo que leemos, pues yo soy un poco de Gloria Fuertes, del Pirata Garrapata, del Pequeño Vampiro..., lo bueno es que aún los conservo casi todos.

Hoy os presento a COLETA POETA:


Coleta
es una niña que nació
en un pueblo de España.

No sé si es andaluza,
norteña, extremeña o maña.
maña, para inventar inventos,
poesías y cuentos.

Se llama COLETA porque
va peinada con coleta,
y así la empezaron a llamar donde nació
(y ya sabéis cómo son en los pueblos).

Se apellida Poeta,
porque Coleta es poeta.

Coleta se crió con su abuela Calixta
Que también era muy lista-.

Cuando vino del pueblo, Coleta
vestía de paleta
ahora viste como cualquier niño-.

Coleta tiene el pelo largo
y el flequillo corto.

Coleta tiene los ojos grandes
y los pies pequeños.

Coleta tiene
un cuento en la mano.

Coleta tiene
un corazón como un piano.






57.

hipocorístico, ca.(Del gr. ὑποκοριστικός, acariciador).

1. adj. Gram. Dicho de un nombre: Que, en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como designación cariñosa, familiar o eufemística; p. ej., Pepe, Charo. U. t. c. s. m.

Y como era tan pequeño de espíritu, decidió llamarle cuchifritín. Y así se dirigió a él durante todos aquellos años que pasaron juntos compartiendo dramas y comedias, montañas y mares, caricias y ademanes, películas de Truffaut y románticos paseos por los cementerios de Madrid.

lunes, 1 de marzo de 2010

ME QUEDO



Si es que no se puede ser tan de imágenes, tan de primeras y tan poco de palabra. Tan cambiante  y tan tranquilo. Me quedo con los silencios y con esta de Chopin. En el centenario de las ideas compartidas. En el mar de los tiovivos, en los miedos y en la injusticia del que viaja con los ojos cerrados y no quiere perderse nada. En el ahora sí, que antes no. En el terremoto de las historias con rencores y las paredes pintadas de idioteces. Me quedo con el imbécil que deje de leer porque ha perdido el tiempo en alguna estación. Con la tenacidad de las teclas del piano y con el no me atrevo.
Mejor te lo cuento luego, es que ahora tengo que irme, me falta una de tres por hacer en esta vida.

MISTERIOSAS VOCACIONES

No he podido evitar pensar en las Bovariadas al leer a Octavio Paz en la inaguración del  I Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE) en Zacatecas, 1997.

Este año 2010 no ha podido ser en Valparaíso, mis condolencias a las víctimas de la catástrofe y a todo el pueblo chileno.

A los amantes de las palabras, disfrutad con esta magia:

"Las vocaciones son misteriosas: ¿por qué aquel dibuja incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones de papel, el de más allá construye canales y túneles en el jardín o ciudades de arena en la playa, el otro forma equipos de futbolistas y capitanea bandas de exploradores, o se encierra solo a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Lo que sabemos es que esas inclinaciones y aficiones se convierten, con los, años, en oficios, profesiones y destinos. El misterio de la vocación poética no es menos sino más enigmático. Comienza con un amor inusitado por las palabras, por su color, su sonido, su brillo y el abanico de significaciones que muestran cuando, al decirlas, pensamos en ellas y en lo que decimos. Este amor no tarda en convertirse en fascinación por el reverso del lenguaje, el silencio. Cada palabra, al mismo tiempo, dice y calla algo. Saberlo es lo que distingue al poeta de los filólogos y los gramáticos, de los oradores y los que practican las artes sutiles de la conversación. A diferencia de esos maestros del lenguaje, al poeta lo conocemos tanto por sus palabras como por sus silencios. Desde el principio el poeta sabe, obscuramente, que el silencio es inseparable de la palabra, es su tumba y su matriz, la letra que lo entierra y la tierra donde germina. Los hombres somos hijos de la palabra, ella es nuestra creación; también es nuestra creadora, sin ella no seríamos hombres. A su vez la palabra es hija del silencio: nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus abismos.

Mi experiencia personal y, me atrevo a pensarlo, la de todos los poetas, confirma el doble sentimiento que me ata, desde mi adolescencia, al idioma que hablo. Mis años de peregrinación y vagabundeo por las selvas de la palabra son inseparables de mis travesías por los arenales del silencio. Las semillas de las palabras caen en la tierra del silencio y la cubren con una vegetación a veces delirante y otras geométrica. Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, más exactamente, deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que está hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar. Por esto, el amor a nuestra lengua, que es palabra y es silencio, se confunde con el amor a nuestra gente, a nuestros muertos, los silenciosos y a nuestros hijos que aprenden a hablar. Todas las sociedades humanas comienzan y terminan con el intercambio verbal, con el decir y el escuchar. La vida de cada hombre es un largo y doble aprendizaje: saber decir y saber oír. El uno implica al otro: para saber decir hay que aprender a escuchar. Empezamos escuchando a la gente que nos rodea y así comenzamos a hablar con ellos y con nosotros mismos. Pronto, el círculo se ensancha y abarca no sólo a los vivos, sino a los muertos. Este aprendizaje insensiblemente nos inserta en una historia: somos los descendientes no sólo de una familia sino de un grupo, una tribu y una nación. A su vez, el pasado nos proyecta en el futuro. Somos los padres y los abuelos de otras generaciones que, a través de nosotros, aprenderán el arte de la convivencia humana: saber decir y saber escuchar. El lenguaje nos da el sentimiento y la conciencia de pertenecer a una comunidad. El espacio se ensancha y el tiempo se alarga: estamos unidos por la lengua a una tierra y a un tiempo. Somos una historia.

La experiencia que acabo toscamente de evocar es universal, pertenece a todos los hombres y a todos los tiempos, pero en el caso de las comunidades de habla castellana aparecen otras características que conviene destacar. Para todos los hombres y mujeres de nuestra lengua, la experiencia de pertenecer a una comunidad lingüística está unida a otra: esa comunidad se extiende más allá de las fronteras nacionales. Trátese de un argentino o de un español; de un chileno o de un mexicano, todos sabemos, desde nuestra niñez, que nuestra lengua nacional es también la de otras naciones; y hay algo más y no menos decisivo: nuestra lengua nació en otro continente, en España, hace muchos siglos. El castellano no sólo trasciende las fronteras geográficas sino las históricas, se hablaba antes de que nosotros, los hispanoamericanos, tuviésemos existencia histórica definida. En cierto modo, la lengua nos fundó o al menos hizo posible nuestro nacimiento como nación. Sin ella, nuestros pueblos no existirían o serían algo muy distinto a lo que son. El español nació en una región de la península ibérica y su historia, desde la Edad Media hasta el siglo XVI, fue la de una nación europea. Todo cambió con la aparición de América en el horizonte de España. El español del siglo XX no sería lo que es sin la influencia creadora de los pueblos americanos con sus diversas historias, psicologías y culturas. El castellano fue trasplantado a tierras americanas hace ya cinco siglos, y se ha convertido en la lengua de millones de personas. Ha experimentado cambios inmensos y, sin embargo, sustancialmente sigue siendo el mismo. El español del siglo XX, el que se habla y se escribe en Hispanoamérica y en España es muchos españoles, cada uno distinto y único, con su genio propio; no obstante, es el mismo en Sevilla, Santiago, La Habana. No es muchos árboles, es un solo árbol pero inmenso, con un follaje rico y variado, bajo el que verdean y florecen muchas ramas y ramajes. Cada uno de nosotros, los que hablamos español, es una hoja de ese árbol. ¿Pero realmente hablamos nuestra lengua? Más exacto sería decir que ella habla a través de nosotros. Los que hoy hablamos castellano somos una palpitación en el fluir milenario de nuestra lengua.

Se dice con frecuencia que la misión del escritor es expresar la realidad de su mundo y su gente, es cierto, pero hay que añadir que, más que expresar, el escritor explora su realidad, la suya propia y la de su tiempo. Su exploración comienza y termina con el lenguaje. ¿Qué dice realmente la gente? El poeta y el novelista descifra el habla colectiva y descubre la verdad escondida de aquello que decimos y de aquello que callamos. El escritor dice, literalmente, lo indecible, lo no dicho, lo que nadie quiere o puede decir. De ahí que todas las grandes obras literarias sean cables de alta tensión, no eléctrica sino moral, estética y crítica. Su energía es destructora y creadora, pues sus poderes de reconciliación con la terrible realidad humana no son menos poderosos que su potencia subversiva. La gran literatura es generosa, cicatriza todas las heridas, cura todas las llagas y aun en los momentos de humor más negro dice: sí a la vida.

Explorar la realidad humana, revelarla y reconciliarnos con nuestro destino terrestre sólo es la mitad de la tarea del escritor: el poeta y el novelista son inventores, creadores de realidades. El poema, el cuento, la novela, la tragedia y la comedia son, en el sentido propio de la palabra, fábulas: historias maravillosas en las que lo real y lo irreal se enlazan y confunden. Los gigantes que derriban a Don Quijote son molinos de viento y, simultáneamente, tienen la realidad terrible de los gigantes. Son invenciones literarias que nublan y disipan las fronteras entre ficción y realidad. La ironía del escritor destila irrealidad en lo real, realidad en lo irreal. La literatura de nuestra lengua, desde su nacimiento hasta nuestros días, ha sido una incesante invención de fábulas, que son reales aún en su misma irrealidad. Menéndez Pidal decía que el realismo era el rasgo que distinguía a la épica medieval española de la del resto de Europa. Verdad parcial y de la que me atrevo a disentir: en el realismo español, aun el más brutal, hay siempre una veta de fantasía.

La lengua es más vasta que la literatura. Es su origen, su manantial y su condición misma de existencia; sin lengua no habría literatura. El castellano contiene a todas las obras que se han escrito en nuestro idioma, desde las canciones de gesta y los romances, a las novelas y poemas contemporáneos; también a las que mañana escribirán unos autores que aún no nacen. Muchas naciones hablan el idioma castellano y lo identifican como su lengua maternal; sin embargo, ninguno de esos pueblos tiene derechos de exclusividad, y menos aún de propiedad. La lengua es de todos y es de nadie, ¿Y las normas que la rigen? Sí, nuestra lengua, como todas, posee un conjunto de reglas, pero esas reglas son flexibles y están sujetas a los usos y a las costumbres: el idioma que hablan los argentinos no es menos legítimo que el de los españoles, los peruanos, los venezolanos o los cubanos. Aunque todas esas hablas tienen características propias, sus singularidades y sus modismos se resuelven al fin en unidad. El idioma vive en perpetuo cambio y movimiento; esos cambios aseguran su continuidad, y ese movimiento, su permanencia. Gracias a sus variaciones, el español sigue siendo una lengua universal, capaz de albergar muchas singularidades y el genio de muchos pueblos.

Tal vez sea oportuno señalar aquí, de paso, que precisamente la inmensa capacidad de cambio que posee el lenguaje humano le da un lugar único en los sistemas de comunicación del universo, desde los de las células a los de los átomos y los astros. Hasta donde sabemos, esos sistemas son circuitos cerrados; entre la transformación de los glóbulos rojos en blancos y viceversa, en la circulación de la sangre, y la de los planetas alrededor del sol, por ejemplo, no hay, en el sentido propio de la palabra, comunicación. Cada sistema, además, obedece a un programa fijo y sin variaciones. Trátese de la información genética o de las numerosas interacciones entre las partículas elementales o en los sistemas solares que contiene el universo, los mensajes y sus modos de transmisión son siempre los mismos. Cierto, todos los sistemas conocen mutaciones —su función, justamente, en la mayoría de los casos, consiste en causarlas o producirlas— pero esos cambios son parte del sistema o se integran a él rápidamente. Cualesquiera que sean su duración y sus mutaciones, los sistemas no tienen historia. Ocurre lo contrario con el lenguaje humano: su proceso es imprevisible y no está fijado de antemano; es una diaria invención, el resultado de una continua adaptación a las circunstancias y a los cambios de aquellos que, al usarlo, lo inventan: los hombres.

El lenguaje está abierto al universo y es uno de sus productos prodigiosos, pero igualmente por sí mismo es un universo. Si queremos pensar, vislumbrar siquiera el universo, tenemos que hacerlo a través del lenguaje, en nuestro caso, a través del español. La palabra es nuestra morada, en ella nacimos y en ella moriremos; ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra historia; acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias que nos oponen. Nos junta pero no nos aísla, sus muros son transparentes y a través de esas paredes diáfanas vemos al mundo y conocemos a los hombres que hablan en otras lenguas. A veces logramos entendernos con ellos y así nos enriquecemos espiritualmente. Nos reconocemos, incluso, en lo que nos separa del resto de los hombres. Estas diferencias nos muestran la increíble diversidad de la especie humana y simultáneamente su unidad esencial. Descubrimos así una verdad simple y doble: primero, somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y segundo, hablarla es una manera, entre otras, de ser hombre. La lengua es un signo, el signo mayor de nuestra condición humana.

Octavio Paz. Premio Nobel de Literatura 1990




56.

sicalipsis. (Del gr. σῦκον, higo, y ἄλειψις, acción de untar, frotar).

1. f. Malicia sexual, picardía erótica.

"Era muy hábil en el manejo de la ironía, o como se dice en el lenguaje vernacular, tomaba el pelo a la gente sin que la gente se enterara.
Un crítico, que tenía una fama y unas orejas detestables, habló así:
- Estamos en unos tiempos de claudicaciones, transacciones y corruptelas vergonzosas.
- Vamos a ver, Don José, que sepamos por qué son estos tiempos tan claudicantes y transitorios- dijo Pérez de Toledo.
- ¿Le parece a usted, Alfonso? ¿No se ha enterado que mañana debuta en el teatro Príncipe, un teatro serio, esa cupletista llamada Antígona? Es una claudicacón vergonzosa, si levantara la cabeza Calderón, o Lope, o Tirso...
- Esa tal Antígona es tan rica hembra que sería capaz de conseguirlo.
- ¿Conseguir qué?
- Lo que se proponga, Don José.
- Estamos en la edad de la sicalipsis, está visto- concluyó el crítico."

Ramón Pérez de Ayala. Troteras y danzaderas

domingo, 28 de febrero de 2010

55.

sahumar.(Del lat. suffumāre).

1. tr. Dar humo aromático a algo a fin de purificarlo o para que huela bien. U. t. c. prnl.

"Poco después, ahogándose de calor junto a ella en el coche cerrado, no pudo soportar más la inclemencia de la realidad que se metía a borbotones por la ventanilla. El mar parecía de ceniza, los antiguos palacios de marqueses estaban a punto de sucumbir a la proliferación de los mendigos, y era imposible encontrar la fragancia ardiente de los jazmines detrás de los sahumerios de muerte de los albañales abiertos. Todo le pareció más pequeño que cuando se fue, más indigente y lúgubre, y había tantas ratas hambrientas en el muladar de las calles que los caballos del coche trastabillaban asustados. En el largo camino desde el puerto hasta su casa en el corazón del barrio de Los Virreyes, no encontró nada que le pareciera digno de sus nostalgias. Derrotado, volvió la cabeza para que no lo viera su madre, y se soltó a llorar en silencio."

Gabriel García Márquez. El amor en tiempos del cólera

54.

oblongo, ga.(Del lat. oblongus).

1. adj. Más largo que ancho.

Cielos de amanecer en esta orilla
Colores no, matices, transiciones
Intensamente delicadas.

                                         Goza
la vista deslizándose del malva
Con lentitud -minutos- al rosado
Próximo el violeta. Ya eludiendo
- sordina- los posibles esplendores.
Se mueve amoratándose.

                                Muy plano
El mar acoge luz, más luz. Se alarga
Como horizonte fuerte el amarillo.
Un sol, oblongo casi, ya es esférico
Centro y sube. Todo es más simple. Día

Jorge Guillén

sábado, 27 de febrero de 2010

53.

hialino, na.(Del lat. hyalĭnus, y este del gr. ὑάλινος).

1. adj. Fís. Diáfano como el vidrio o parecido a él.

Un lugar, tan lejos de las apariencias, con un cielo hiliano y repleto de verdades de esas que parecen no existir por reales y sencillas; un lugar donde nada esté escrito. Y al lado de este rincón de cuento, una palabra, un silencio y un verso imaginado. Un lugar al que ir cuando sea tarde para todo, cuando ya no quede nada. Un espejo por atravesar y mil cristales.

52.

hollar.(De follar,3 y este del lat. vulg. fullāre, pisotear).

1. tr. Pisar, dejando señal de la pisada.
2. tr. Comprimir algo con los pies.
3. tr. Abatir, humillar, despreciar.

No quedaban libros por leer ni palabras holladas por el escritor olvidado en el tiempo. El silencio se llevó el último ápice de los adjetivos con los que calificaban su abstracta realidad y una caja ocupó el anaquel de la vieja estantería de Julia.

51.

canoro, ra. (Del lat. canōrus).

1. adj. Dicho de un ave: De canto grato y melodioso. El canoro ruiseñor.
2. adj. Dicho de la voz de las aves y de las personas: Grata y melodiosa. Apl. a la poesía, a los instrumentos musicales, etc., u. t. en sent. fig.

Fue sin querer, sin sentido y sin saber; sólo fue. Y lo que ha sido un desbarajuste canoro se convierte, en un segundo, en chaparrón de silencios. Y será, sin ser y sin sentir, queriendo volver a lo que  fue y ya no es y lo que vendrá, vendrá.

50.

emascular. (Del lat. emasculăre).

1.tr. capar (‖ los órganos genitales).

"El médico,el abogado y el juez le preguntaron a Pepino Xurelo si se dejaría capar (quien quita las gónadas quita el peligro) y el dijo que sí, que bueno, que tanto le daba. Los médico, los abogados y los jueces dicen emascular.

- ¿Y no le hablaron algo del metabolismo y de la descalcificación progresiva y dolorosa?
- Puede, no recuerdo bien.

Unos mueren de una manera y otros de otra distinta, en la guerra y en la paz, en la enfermedad, en el accidente y en el decuido, aquí no hay norma fija y tampoco está permitido elegir. No puede haber una regla general. Hay hombres que mueren defendiendo heroicamente un blocao, enarbolando una bandera y gritando patriotismos, pero también hay a quienes se les para el corazón mientras se masturban con la mente poblada de ensoñaciones."

Camilo José Cela. Mazurca para dos muertos

49.

ciclán. (Del ár. hisp. siqláb, y este del b. lat. sclavus, esclavo).

1. adj. Que tiene un solo testículo. U. t. c. s.
2. m. Borrego o primal cuyos testículos están en el vientre y no salen al exterior.

compañón. (Del lat. *companĭo, -ōnis, de cum y panis, pan).

1. m. p. us. testículo. U. m. en pl.
2. m. ant. compañero.

ROMANCE XXX.

Yo, el único caballero,
á honra y gloria de Dios ,
salgo ciclán á la fiesta,
por faltarme un compañón.
 
Sobre mi rucio rodado
vengo rucio rodador;
y a la gineta en un cofre,
o encima de una ilusion.
 
Mas cerrado que una monja:
y con su chozno potrón,
que á lo Cupido sacaba
agua andando al rededor.
 
Tan acertado de manos,
que a un siglo que no se herró
malo para paseante,
bueno para contador.
 
Para, como los tahures,
de boca que es bendicion;
y arranca como gargajo,
con dificultad y tós.
 
En lo sentido y dañado
corre el triste con humor ;
y tenemos buenos cascos
entre mi rocín, y yo.
 
No fué tan largo Alejandro,
 ni tiene comparacion,
aunque fue mas dadivoso ,
segas afirma un autor.
 
Francisco de Quevedo y Villegas.
Publicado por José Manuel Blecua,  Castalia (Madrid)

jueves, 25 de febrero de 2010

48.

macondo.

1. m. Col. Árbol corpulento de la familia de las Bombacáceas, semejante a la ceiba, que alcanza de 30 a 40 m de altura.

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un rió de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blanca y enormes como huevos prehistóricos.” Gabriel García Márquez. Cien años de Soledad

47.

linyera.(Del it. lingera).

1. f. Arg. y Ur. p. us. Atado en que el vagabundo guarda su ropa y otros efectos personales.
2. com. Arg., Bol. y Ur. Persona vagabunda, abandonada, que vive de variados recursos.

Poco me hace falta para vivir rico y pobre de nada y de todo. Y siendo así un linyera, contigo pan y cebolla, que lo que más falta me hace es lo poco que me falta para que me hubieras querido y con eso, y con todo lo que tengo, pobre me siento y desde el otro lado vivo del recuerdo y del recurso.

miércoles, 24 de febrero de 2010

46.

galimatías. (Del fr. galimatias, discurso o escrito embrollado, y este del gr. κατὰ Ματθαῖον, según Mateo, por la manera en que este evangelista describe la genealogía que figura al comienzo de su Evangelio).

1. m. coloq. Lenguaje oscuro por la impropiedad de la frase o por la confusión de las ideas.
2. m. coloq. Confusión, desorden, lío.

"Como no le melga nada que la contradigan, la señora Fifa se acerca a la Tota y ahí nomás le flamenca la cara de un rotundo mofo. Pero la Tota no es inane y de vuelta le arremulga tal acario en pleno tripolio que se lo ladea hasta el copo.
-¡Asquerosa! –brama la señora Fifa, tratando de sonsonarse el ayelmado tripolio que ademenos es de satén rosa. Revoleando una mazoca más bien prolapsa, contracarga a la crimea y consigue marivolarle un suño a la Tota que se desporrona en diagonía y por un momento horadra el raire con sus abroncojantes bocinomias. Por segunda vez se le arrumba un mofo sin merma a flamencarle las mecochas, pero nadie le ha desmunido el encuadre a la Tota sin tener que alanchufarse su contragofia, y así pasa que la señora Fifa contrae una plica de miercolamas a media resma y cuatro peticuras de ésas que no te dan tiempo al vocifugio, y en eso están arremulgándose de ida y de vuelta cuando se ve precivenir al doctor Feta que se inmoluye inclótumo entre las gladiofantas.

-¡Payahás, payahás! –crona el elegantiorum, sujetirando de las desmecrenzas empebufantes. No ha terminado de halar cuando ya le están manocrujiendo el fano, las colotas, el rijo enjuto y las nalcunias, mofo que arriba y suño al medio y dos miercolanas que para qué.

-¿Te das cuenta? –sinterruge la señora Fifa.

-¡El muy cornaputo! –vociflama la Tota.

Y ahí nomás se recompalmean y fraternulian como si no se hubieran estado polichantando más de cuatro cafotos en plena tetamancia; son así las tofifas y las fitotas, mejor es no terruptarlas porque te desmunen el persiglotio y se quedan tan plopas."

Julio Cortázar. La inmiscusión terrupta (Úlimo round)


"Brillaba, brumeando negro, el sol,
agiliscosos giroscaban los limazones

banerrando por las váparas lejanas,

mimosos se fruncían los borogobios

mientras el momio rantas murgiflaba.

–Con eso basta para empezar– interrumpió Humpty Dumpty– que ya tenemos ahí un buen montón de palabras difíciles: eso de que “brumeaba negro el sol” quiere decir que eran ya las cuatro de la tarde…, porque es cuando se encienden las brasas para asar la cena.

–Eso me parece muy bien –aprobó Alicia– pero, ¿y lo de los “agilisco- sos”?"

Lewis Carroll, Alicia a través del espejo

45.

rigodón. (Del fr. rigaudon y rigodon).

1. m. Cierta especie de contradanza.
2. m. Filip. Acto presidencial en el que se cambia de puesto a un político criticado en lugar de destituirlo.

"Cortés, para hacerles sentirse cómodos, el bibliotecario cuáquero ronroneó:
- Y tenemos, no es así, esas páginas inapreciables de Wilhelm Meister. Un gran poeta sobre un gran poeta hermano. Un alma vacilante alzándose en armas contra un mar de obstáculos, desgarrada por dudas discrepantes, como se ve en la vida misma.
Dio un paso de rigodón al frente sobre cuero chirriante y un paso de rigodón atrás en el suelo solemne.
Un ayudante sin hacer ruido entreabiendo la puerta un poco le hizo una seña sin hacer ruido.
- Inmediatamente, dijo él, chirriando para irse aunque rezagándose. El bello soñador ineficaz que naufraga despedazándose cotra la dura realidad. Uno siempre sabe que los juicios de Goethe son tan erdaderos. Verdaderos en un análisis global."

James Joyce. Ulises

44.

chisguete.(Voz imit.).

1. m. coloq. Trago o corta cantidad de vino que se bebe.
2. m. coloq. Chorro fino de un líquido cualquiera que sale violentamente.

"Si tenía cerca a doña Isabel, la auxiliar, ésta sacaba de su chaqueta, colgada en el perchero, su inhalador y Garibay abria la boca, como un pollezno, y se dejaba chisgueterear."

Roberto Bolaño, 2666

43.

añagaza. (Del ár. hisp. annaqqáza, señuelo, y este del ár. clás. naqqāz, pájaro saltarín).

1. f. Artificio para atraer con engaño.
2. f. Señuelo para coger aves. Comúnmente es un pájaro de la especie de los que se trata de cazar.

"- Ninguna importancia -dijo Morelli-. Mi libro se puede leer como a uno le de la gana. Liber Furgularis, hojas mánticas y así va. Lo másque hago es ponerlo como a mí me gustaría releerlo. Y en el peor de los casos, si se quivocan, a lo mejor queda perfecto. Una broma de Hermés Pakú, alado hacedor de triquiñuelas y añagazas. ¿Le gustan esas palabras?
- No- dijo Oliveira-. Ni triquiñuela ni añagaza. Me parecen bastante podridas las dos"

Julio Cortázar. Rayuela

martes, 23 de febrero de 2010

42.

busilis.(Del lat. in diebus illis, mal separado por un ignorante que dijo no entender qué significaba el busillis).

1. m. coloq. Punto en que se estriba la dificultad del asunto de que se trata.

"Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se llamaba «la ínsula Barataria», o ya porque el lugar se llamaba «Baratario» o ya por el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de general alegría y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían, que eran muchos."
 
Miguel de Cervantes Saavedra. Don Quijote de La Mancha.

41.

brujulear.(De brújula).

1. tr. coloq. p. us. Descubrir por indicios y conjeturas algún suceso o negocio que se está tratando.
2. tr. desus. mirar por brújula.
3. intr. Buscar con diligencia y por varios caminos el logro de una pretensión.
4. intr. Andar sin rumbo fijo.
5. intr. Nic. Hacer negocios turbios.

Y salió del riad en el que se alojaba con la cabeza despejada de sueños y el estómago asentado tras un desayuno ligero, dispuesto a brujulear por aquella ciudad en la que todo parecía sacado de la pluma de Carroll. Al cruzar la calle, un conejo blanco desapareció tras el chaflán de un edificio de adobe. No dudó en seguirlo y se topó con la rojiza muralla que rodeaba la bulliciosa medina. En ella descubrió un cuadrado pintado sobre el adobe. Una suave brisa abrió en dos partes simétricas aquello que resultó ser un misterioso ventanuco. Logró atravesarlo y encontró que, tras sus pasos hacia aquella ciudad sumergida en el misterio, se alzaba su pasado: el conejo jugaba a la brisca con su yo niño, al que reconoció por la camiseta roja con un dibujo de Vicky el Vikingo. No podía articular palabra. El viento cerró la ventana a la realidad con un fuerte golpe que llevó al niño y al conejo a descubrirle, cual pasmarote, junto a los cristales rotos.

Se desplomó y al despertar su cuerpo había mermado y Vicky el Vikingo miraba desde su pecho la ciudad de Marrakech.


lunes, 22 de febrero de 2010

40.

buzaque. (Quizá del ár. hisp. [a]bu záqq, el del odre).

1. m. beodo.

CRISTINA: Pues, ¿quiérole yo, mezquina,
                    o, por ventura, hago caso
                    yo de buzaque?

TORRENTE:Hablad paso;
                    moderad la voz, Cristina
                    que no sabéis quién os oye,
                    y haced con prudencia diestra
                    que la humilde suerte vuestra
                    con la que tengo se apoye,
                    y veréisos encumbrada
                    sobre el cerco de la luna.

 Miguel de Cervantes Saavedra. La Entretenida

39.

anomia. (Haplología de an-1 y el gr. ὄνομα, nombre).

f. Med. Trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre.

Y debo de tener anomia porque ya no te llamo ni por tu nombre.

38.

alacridad. (Del lat. alacrĭtas, -ātis).

1. f. Alegría y presteza del ánimo para hacer algo.

Aquella noticia de aquella mañana de febrero, lluviosa como tantas otras, llenó su espíritu de alacridad y renovada juventud y una fuerza le empujó a pintar de colores los bolardos de la calle Santa Isabel: unos rosas, otros amarillos, algunos azules y todos repletos de tanto de los dos. Un único objetivo: alegrar las puertas de aquel cine que no es lo que fue y en el que un día vieron juntos las peripecias de Buster Keaton, acompañados de un pianista, desde la fila trece.